La inmensa soledad de dos genios : biografía cruzada de Nietzsche y de Pavese

    En este post quiero que conozcáis una obra muy interesante que acaba de llegar a la Biblioteca.’La inmensa soledad’,  es una biografía cruzada de Nietzsche y de Pavese. Ésta  alumbró un género: el ensayo gráfico. Su autor es el primero que recibe el Premio Médicis por su obra gráfica

 La obra de Frédéric Pajak es una propuesta singular y radicalmente innovadora. A caballo entre la narrativa, la filosofía y la novela gráfica, para muchos se aproxima a un nuevo género, un auténtico «ensayo gráfico». Así, a través de la escritura y el dibujo —entendidos como lenguajes autónomos que tanto se entrelazan como se distancian, se apoyan o se responden—, La inmensa soledad gira en torno a dos figuras míticas de la cultura contemporánea: Friedrich Nietzsche y Cesare Pavese. En este libro Pajak nos habla, casi al oído, de las vidas de ambos autores, de sus experiencias más íntimas, de esas grietas mínimas, y sin embargo insalvables, que determinaron el devenir del filósofo alemán y del poeta italiano. Nos habla, por tanto, de quiebras existenciales y de derivas creativas, es decir: de la extraña e indisoluble relación entre sus vidas y sus obras. A primera vista, podría pensarse que Nietzsche y Pavese tienen poco en común. Sin embargo, ambos fueron huérfanos de padre y ambos crecieron en un ambiente exclusivamente femenino. Ninguno de los dos consiguió nunca que las mujeres lo amaran. Ambos fueron poetas y tuvieron una vida corta, solitaria e intensa, que dio al mundo obras geniales y sobrecogedoras. Y además ambos tuvieron en común la extraordinaria y contradictoria ciudad de Turín, y acerca de ella escribieron: sobre su atmósfera, nostálgica a la par que exultante, sobre sus calles, aristocráticas y barrocas, sobre sus barrios industriales y la amplitud de sus arrabales. En Turín, Nietzsche pierde de manera definitiva la razón a los cuarenta y cuatro años. En Turín, Pavese se suicida en una habitación de hotel a los cuarenta y dos años. Este libro es, por tanto, un «ensayo gráfico» sobre la vida y la obra de Nietzsche y de Pavese, al tiempo que una bellísima ensoñación hecha de rodeos, coincidencias, paseos y flâneries.Caricatura de Nieztche, personaje central de ‘La inmensa soledad’, de Frédérik Pajak.

Entrevista realizada por el diario “EL PAIS”

PREGUNTA. ¿Diría que La inmensa soledad marca el nacimiento de un nuevo género?

RESPUESTA. No lo veo exactamente así. En realidad, años atrás ya había escrito otro libro usando un formato similar, que hablaba de la vida de Martín Lutero. Sin embargo, aquel libro no tuvo ningún eco y no encontró ningún público, así que me dije que ese híbrido no tenía futuro. Que La inmensa soledad funcionara fue una sorpresa mayúscula para todo el mundo, empezando por mí mismo.

P. ¿Por qué cree que este libro funcionó y el anterior fue ignorado?

R. Lutero no significa nada para los franceses. Incluso para los protestantes, que son de tendencia calvinista, excepto en Alsacia. Para muchos creyentes fue un libro escandaloso, porque se alejaba totalmente de la versión oficial. Presenté a Lutero como un hombre no creyente, que veía al diablo cuando observaba el crucifijo, además de llamarle alcohólico, bulímico, obeso y suicida. Lo consideraron un libro teológico excesivo y poco serio.

P. ¿Fue su empatía respecto a los protagonistas de La inmensa soledad, Nietzsche y Pavese, lo que hizo que en el segundo intento tuviera mejor suerte?

Nietzsche, visto por Pajak.

R. No lo creo. En realidad, cuanto más extraño me resulta un personaje, más me interesa hacer un libro sobre él. Por ejemplo, si pude escribir sobre Walter Benjamin fue porque no me reconocía en su dialéctica marxista, ni en su judaísmo mesiánico. Sin ir más lejos, el propio Nietzsche es un tipo difícil de entender. Me cuesta estar de acuerdo con él o sentir esa empatía de la que habla usted. Por ejemplo, cuando habla de su nostalgia por la Grecia presocrática me pierde.

P. Es curioso que diga eso, porque el libro parece marcado por su comunión con ambos protagonistas, a quienes está unido por un rasgo biográfico fundamental: los tres son huérfanos de padre desde una edad temprana.

R. Tiene razón, pero eso vino mucho después. Lo que llegó primero fue la ciudad. Al descubrir las colinas de Turín me pareció ver a Pavese. Entendí hasta qué punto sus descripciones eran precisas, y su melancolía, perceptible. Poco después me encontré en la plaza donde Nietzsche sufrió su primera crisis de apoplejía. Me puse a leer todo lo que escribieron sobre Turín y descubrí dos visiones opuestas. Para Nietzsche era la ciudad ideal, barroca y aristocrática. Para Pavese, en cambio, se trataba de una villa triste, a la que los campesinos como él se desplazaban para encontrar trabajo en la fábrica de la Fiat. Si le soy sincero, nunca me había parado a pensar en la orfandad, porque ninguno de los dos habla abiertamente de ello en sus textos, como tampoco lo hago yo. En el fondo, creo que la literatura no revela nada. En todo caso, esconde algo.

P. Turín acabó con los dos hombres: uno se volvió loco y el otro se suicidó. ¿Qué efecto tuvo en usted?

Yo defiendo una vuelta, si no a la moral, sí a una cierta ética. La conducta de un dibujante debe ser irreprochable”

R. La ciudad fue una bendición o incluso un milagro. Piense que yo ya no era un hombre joven —había cumplido 40 años— y seguía sin saber qué camino tomar en la vida. Quería hacer cine, pero también escribir libros y convertirme en pintor. Al descubrir Turín y experimentar los sentimientos que le describo, decidí instalarme cerca de la ciudad y trabajar durante cuatro años, sin rumbo fijo y sin saber qué surgiría de aquel trabajo. Me dejé llevar y creé sin saber adónde iba.

P. Aunque suene a tópico, ¿la creación le salvó?

R. Expresarse a uno mismo siempre implica liberarse. Con La inmensa soledad encontré una forma de expresión que me correspondía plenamente, entre la biografía, la autobiografía, el ensayo filosófico y la crítica de arte y literatura. No sé si inventé un nuevo género, pero creo que no existe equivalente a lo que hago. No es cómic, ni novela gráfica, ni tampoco autoficción. Tampoco me convence llamarlo “ensayo gráfico”. Prefiero decir que es “un relato escrito y dibujado”.

P. ¿Diría que ha creado una escuela? ¿Se siente imitado o incluso plagiado por otros autores?

R. No tengo esa sensación. Mi posición es bastante solitaria. No formo parte de una camarilla de escritores, ni tampoco de dibujantes. En el fondo, mi oficio es el de editor. Me encanta ayudar a otros a dar a conocer su trabajo. En especial, si son personalidades infrecuentes. Por ejemplo, he editado a El Roto en Francia. Él sí ha inventado algo. Es un pensador que con cada dibujo nos da un puñetazo. En Francia no tenemos la suerte de contar con alguien como él.

El escritor Frédérik Pajak, en su casa en París. / ERIC HADJ

P. ¿No hay ninguna otra personalidad que le interese en el dibujo de prensa?

R. Solo queda Willem, que publica en Libération. El resto, como Topor o Gébé, ya han fallecido. El último superviviente era Honoré, que fue asesinado en el atentado de Charlie Hebdo. Fue un dibujante brillante, que tenía un problema: trabajar para esa publicación, que ya no tiene nada que ver con lo que fue en los setenta…

P. ¿En qué ha cambiado Charlie Hebdo?

R. Antes daban una página a cada dibujante, que tenía derecho a expresarse libremente. Al llegar Philippe Val [director del semanario entre 1992 y 2009], a quien considero un impostor y un arribista, se convirtió en un periódico de militantes, en la antecámara del Partido Socialista. Eso fue lo que les condenó. La verdad es que no me gusta. No me convence su humor escatológico, que tenía sentido en los sesenta, cuando nos tuvimos que liberar de la religión y la austeridad, pero no en la sociedad de hoy, donde todo está permitido. Yo defiendo una vuelta, si no a la moral, sí a una cierta ética. La conducta de un dibujante debe ser irreprochable. Los daneses que hicieron aquellas horribles caricaturas de Mahoma no tuvieron ningún sentido de la responsabilidad. Es normal que cualquier musulmán sin ninguna cultura satírica se moleste.

P. ¿Y por ese motivo hay que dejar de satirizar? ¿No cree en la libertad de expresión como principio universal?

R. Todo eso es pura ideología. Nada de lo que decimos puede ser universal. Si en Alemania el humor ya es distinto, imagínese en Níger. En Francia convivimos con musulmanes que han asfaltado nuestras carreteras, fabricado nuestros coches y limpiado nuestras calles. Durante décadas han hecho trabajos que nadie quería hacer. ¿Tenemos, encima, que insultar a su religión? Una cosa es criticar a los ayatolás, que me parece muy bien, y otra a la creencia en sí. ¿Cómo podemos imponer imágenes a una religión que no acepta las imágenes? Además, suelen ser imágenes vulgares y feas. No se puede combatir el oscurantismo con la fealdad.

P. “Todos los hombres tienen un cáncer que les corroe”, decía Pavese en referencia a la muerte de su padre. ¿Lo comparte?

R. No. Desde que mi padre murió, cuando tenía nueve años, he mantenido un diálogo benevolente con él. Él, que era pintor, siempre me ha animado a expresarme. Incluso le he oído hablar alguna vez. Pero no soy místico, no se preocupe. Nunca he ido a ver su tumba, porque cuando murió no me dejaron, pero pienso ir pronto, cuando esté preparado…

P. En el primer tomo de Manifiesto inacabado escribe lo siguiente: “Tengo ganas de escribir como quien escribe un diario, pero no todos los días y mejor por la noche, cuando todo muere, al fin”. ¿Qué tiene la noche que no tenga el día?

Imagen de Pavesse por Pajak.

R. Es el momento en que el murmullo de la ciudad desaparece. Por la noche, uno encuentra otro tipo de inspiración, de orden más poético y metafórico. Y yo estoy a favor de la metáfora, de la lírica y de la narración. En definitiva, de todo lo que prohibió el nouveau roman.Usted no lo vivió porque es joven, pero yo sí lo sufrí, y fue duro. En los setenta también estaba prohibido hablar de la biografía de un autor, cuando para mí resulta fundamental. Por ejemplo, no se puede entender el desarraigo de Pavese sin abordar su biografía.

P. Ha declarado que sus sueños son fuente de inspiración. ¿Su obra es, como se ha dicho a veces, un psicoanálisis de cara al público?

R. Eso me dicen los psiquiatras. No es mi voluntad, aunque supongo que algo de eso hay. Toda mi familia ha hecho psicoanálisis: mi madre, mi hermano, mis dos hermanas, mis tíos… Todos menos yo, aunque puede que exista una explicación. A los 13 años, las cosas me iban muy mal. Era el peor alumno de mi clase, no me entendía con mi familia y no me gustaba la sociedad. Un buen día decidí tirarme a la piscina y ahogarme hasta morir. Cuando me rescataron, mi madre me llevó a ver a un psicólogo. Para mi sorpresa, ese hombre le dijo: “No se preocupe. Todo irá bien. Él ya sabe qué quiere hacer en la vida”. En realidad no tenía ni idea, pero desde ese momento mi madre decidió dejarme tranquilo y yo recobré la confianza en mí mismo. Ese tipo me salvó la vida…

P. Al final de su vida, estando interno en Jena, Nietzsche seguía soñando con Turín. ¿Qué marca le dejó a usted la ciudad?

R. He vuelto muchas veces, pero nunca he reencontrado el sueño. Desde que dejé Turín, no he vuelto a dormir igual que antes. Es una ciudad que me volvió un poco loco.

Fuente : http://cultura.elpais.com/

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